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Oficio de Botero
Tomás Llorente de Diego
OLOR A CUERO
Al hacer memoria de cómo y cuando comenzó su oficio de botero, recuerda… ver a su abuelo y su padre trabajar sin descanso en el taller de la casa. Él siendo niño les observaba día a día… y jugando con el tiempo y el destino pronto se vio sentado junto a ellos, elaborando “botas y pellejos” de cuero.
Estos envases, desde la antigüedad y en tiempos primitivos de la historia ya se utilizaban para el transporte de agua, vino y aceite. Siempre empleando cada uno de ellos para su fin, puesto que no se pueden alternar los líquidos, ya que en su interior, tanto el sabor, como la textura, se mezclan con el anterior.
La piel más apropiada para este trabajo es de cabra, por ser poco porosa e impermeable. La forma de adquirirla era saber quien iba a sacrificar a estos animales, para ello, había que visitar a ganaderos y mataderos, recorriendo, no solo las calles de Cantalejo, sino también las de otros pueblos de la provincia, desplazándose en bici o en moto.
Una vez obtenida la piel, debía ser sometida a una serie de operaciones y tratamientos para después proceder artesanalmente a su manipulación.
Se comenzaba con el proceso de “curtido”, para lo cual, sería necesario cubrirla de sal gorda y dejarla secar al sol 1 día o 2. Después se raspaba toda ella con una cuchilla descarnándola, eliminando toda aquella grasa que permanecía en la superficie interna. Seguidamente se daba una mano de aceite de oliva y se sobaba una y otra vez, hasta que lo absorbiera. Hecho esto, se la trataría con un ácido de extractos, manteniéndola con esta especie de crema de chocolate, unos 10 días aproximadamente.
Pasados estos, se lavaba, se tendía en un lugar seco y se recogería en “su punto de secado” momento en que la piel ha adquirido suavidad y es lo suficientemente compacta y consistente.
Finalizado este periodo se pasaba al “esquileo” rasurando el pelo todo lo posible, cuanto más corto mejor, solo se dejaba el preciso para sujetar “la pez”.
Ya esquilada se podía marcar por le lado que no tiene el pelo.
En la elaboración de la bota sería necesario poner sobre ella, una plantilla o patrón, del tamaño elegido previamente, equivalente a la cantidad de vino que posteriormente se echará a la bota. Estos, que estaban hechos de cartón, eran para dar forma y volumen a la futura bota, puesto que si no quedaría plana, existiendo distintas medidas que van, desde medio litro hasta los siete litros, siendo las botas más utilizadas por su manejo de entre dos a tres litros.
Una vez recortada la piel se procedía a “confeccionar la bota”, para lo cual se remojaba en agua, con la finalidad de que se ablandara y permaneciera flexible y manejable.
El laborioso trabajo de coser se realizaba sentado en un banco alargado, el cual tendría en uno de sus extremos, un torno en el que se oprimía la piel hasta estar bien sujeta.
Al comenzar, se utilizaba un punzón con el que se hacía un pequeño orificio por donde pasaría la aguja con forma de “C”. A la misma vez que se va cosiendo, para que no rasgue la piel, se ha de “embastar” (hilvanar los bordes) esto además ayudaría a sujetar la “pez”. El hilo que se utilizaba se elaboraba en el momento, entrelazando una fina hebra del hilo de bramante (cordel de cáñamo) con pelo de jabalí.
Poco a poco, puntada a puntada se terminaba rematando en una especie de cuello al que se le sujetaba una boquilla con rosca ancha, la cual tendría dos funciones; una, como orificio por el que se introduce el líquido y otra, como soporte al que se le enroscaba otra de menor tamaño que poseía un diminuto agujero por el que salía el “chorro” de liquido. El material del que estaban hechas estas boquillas era de madera o de asta de toro.
No se podía olvidar el coser una presilla en la parte inferior, ya que terminada la bota, se la atravesaría una fina tira de cuero, que anudada a la boquilla pequeña, facilitaba el transporte de la misma.
Estando cosida y rematada toda la costura de la piel se procedería a darla la vuelta, puesto que la cara con pelo que hasta ahora estaba en el exterior, debe pasar a la interior. Esta transformación se realizaba mediante el apoyo de la bota en una barra de hierro que realiza las funciones de soporte, una vez colocada ejerciendo presión, fuerza y destreza al mismo tiempo, se voltea, siempre con sumo cuidado a fin de evitar que rasgara el cuero.
Estando invertida, se decía que la piel estaba “a punto de pez” eso quería decir, que para el botero el trabajo duro había finalizado.
Pero el proceso de elaboración de la bota aun no, quedaba “empegar” y para ello había que preparar artesanalmente una sustancia llamada “pez” que consistía en cocinar los siguientes ingredientes: cebolla, ajo, limón, aceite, vinagre y raidura (restos de resina que queda en la parte inferior del pino cuando es resinado). Necesitando además, todo el cariño con el que se elaboraba una sabrosa comida, dejándola hervir durante 1 día o 2 en una caldera de cobre, a una temperatura constante. La mezcla lentamente se iba convirtiendo en un viscoso color negro.
Pasado el tiempo la pasta resultante se retiraría del fuego y estando aun caliente se pasaría a “empegar” introduciendo, con la ayuda de un embudo, una pequeña dosis por el orificio de la boquilla, al interior de la bota. A continuación se comprimía para distribuirla bien por toda la superficie, quedando impregnada de 3 a 4 milímetros de grosor. La experiencia de muchos años hacía que la cantidad y la repartición fueran homogéneas por toda ella.
Inmediatamente se utilizaría la fuerza de un buen fuelle para despegar las paredes de la bota, a la vez que estiraba el cuero todo lo posible.
Para finalizar se pondría la boquilla, la tira de cuero y se marcaría con el sello de la casa y las iniciales del comprador.
Ya acabada se “curaba” introduciéndole vino, coñac o vinagre, con el fin de que “la pez” pierda sabor y quede lista para envasar el líquido deseado.
Bien… ahora beberemos un trago a “cañete” de la bota, y seguiremos con el pellejo.
Este, no llevaba costuras, la piel era quitada del animal de una sola pieza, y de ahí la forma que tiene. Las patas eran atadas fuertemente y el nudo quedaba oculto al voltear la piel.
En su interior cabían entre los
Tomas, además de fabricar y reparar botas y pellejos tenía que salir a vender por los pueblos y ciudades. Del mismo modo, alquilaba alrededor de unos 30 pellejos a pueblos vinícolas como Torreadrada, Aranda de Duero, Torregalindo, Valtiendas, entre otros, en los cuales había “particulares” que elaboraban vino y se valían de los pellejos para envasarlo y después transportarlo a los Lagares.
Pero esta forma de vida, como la vida del botero va desapareciendo…y con ella toda una tradición hecha de generación en generación… toda una aventura… toda una profesión… todo un trabajo artesano… todo un oficio… todo ello unido… va viajando lentamente en la historia… hacia el olvido.
NOTA - Si tienes bota y/o pellejo y quieres mantenerlos como nuevos, frótalos con sebo de cordero o con cáscara de plátano, llénalos hasta la mitad con líquido e ínflalos con aire.
Ana Rosa Zamarro.